La historia cíclica del progreso y la decadencia

Foto: Uno de los máximos símbolos de la decadencia actual
Todos hemos oído esa frase clichosa de que "un hombre que no conoce la historia está destinado a repetirla." Pero esta sentencia no hace referencia a toda la historia, sino precisamente a aquellos momentos donde los errores humanos han quedado más evidenciados. El valor de estudiar los errores humanos a lo largo de los siglos yace en que nos permite conocer de qué consiste la estupidez humana.
La estupidez humana no es poca cosa, pues es una de las características que nos distingue entre la mayoría de las especies animales. El homo sapiens es de las pocas especies que mete la pata en el mismo hoyo más de una, dos y tres veces. Por eso siempre es bueno que repasemos la historia; no con la esperanza de cambiar así nuestra condición —eso es imposible—, sino más bien para conocernos mejor a nosotros mismos, y darnos cuenta de los méritos de nuestra estupidez.
La imbecilidad humana parece estar contrarrestada por actitudes progresistas que han permitido al ser humano alcanzar grandes logros sociales y tecnológicos cuyas repercusiones han mejorado nuestra calidad de vida. (Pensemos en el papel higiénico, por ejemplo.) Esto nos muestra que la especie humana lleva en su interior dos tendencias: el progreso y lo que se opone al progreso.
En la actualidad se nos hace difícil comprender lo que significa decadencia, pues durante más de doscientos años hemos vivido sobre un oleaje ideológico modernista que nos hace creer que la historia es un proceso lineal ascendente, donde el futuro siempre supera al pasado. Debido a esto, no importa cuántas señales de decadencia aparezcan en el horizonte, el hombre contemporáneo está ciego y cree que el progreso es la ley natural de la sociedad. Erra.
La historia nos cuenta numerosos casos donde grandes civilizaciones e imperios que una vez creyeron ser eternos, sucumbieron y decayeron. Pensemos en Mesopotamia, el milenario Egipto de los faraones, la Magna Grecia, Roma, Constantinopla y el imperio Bizantino, el papado medieval, las monarquías absolutistas modernas, la Francia napoleónica, la Unión Soviética, Napster. Todos estos imperios o civilizaciones —todas sin excepción— ascendieron, decayeron, y desaparecieron. Tuvieron gloria, tuvieron debacle. Un proceso sumamente lento que no les permitía darse cuenta de su ruin destino hasta que ya era muy tarde.
En la actualidad el mundo contemporáneo da claras señales de decadencia: La imposibilidad de llevar a cabo un plan eficiente económico mundial, la incapacidad de los gobiernos de erradicar la hambruna cuando hay un excedente de riquezas, el resurgimiento de ideologías comunistas en Latinoamérica, la inminente crisis energética, la nación más potente del mundo controlada por el fundamentalismo religioso —quien se enfrenta al islámico—, los escasos niveles de educación de las masas, la cultura paupérrima llamada "posmoderna" que renuncia a la creatividad pues "ya todo se ha hecho", los bajos niveles de exigencia del público con los entretenedores musicales ("entertainers") —pues ni siquiera podemos llamarlos músicos—, la muerte de las disciplinas artísticas como la pintura y la escultura, la falta de vida intelectual, los altos niveles de violencia y drogadicción, la polarización entre Oriente y Occidente como si regresaramos a la Edad Media al tribalismo... Y las voces "proféticas" que anuncian la decadencia parecen nunca ser suficientes para que evitemos repetir los mismos ciclos.
En fin, parecería que los profétas apocalípticos aciertan cuando dicen que el fin se acerca. En parte tienen razón, pero erran cuando creen que ese fin es el primero y el último de los fines. El fin ya se ha cumplido muchas veces más en el pasado, y si hoy se acerca nuevamente es para darle a futuras generaciones la oportunidad de comenzar un nuevo ciclo, y aleccionar al resto de las especies sobre nuevas formas potenciales de ser estúpidos.