¿Qué es una minoría? ¿Por qué debemos protegerlas? ¿Qué pinta la Santa Iglesia en todo esto?

Recientemente me invitaron a una boda por rebote. Osea, una de esas bodas donde no conoces quiénes se casan, pero vas para comer bueno y ligarte una que otra chica si la ocasion lo permite. Pero esta boda no será una boda común. Se trata de una boda gay; no una celebración simbólica, sino de una unión matrimonial legal con el sello del gobierno de España. ¡De qué manera cambian los tiempos, siempre obligándonos a chequear nuestros convencionalismos! Cambios sociales como estos son el momento idóneo para pasarnos un anti-virus necesario en nuestras cabezas para detectar la cantidad de bazofia y prejuicios que nos han programado desde que somos niños.
Durante la historia han habido minorías por doquier. Gente diferente, que piensa de una manera distinta, o que no actúa según los dictados de la sociedad mayoritaría. No nos confundamos y pensemos que por "minorías" también nos referimos a pedófilos o asesinos, etc. Las minorías son sectores de la sociedad que, a pesar de su relativo número bajo, forman parte integral de ella, respetando las leyes básicas de convivencia y respeto para el vecino. Estos son capaces de enriquecer la vida de todos gracias a las condiciones únicas que provee un clima donde abunda la diversidad. Aquellos que violentan la paz, que no respetan la voluntad ajena y el bienestar de los demás no deben ser considerados "minorías" sino como lo que son: desajustados o criminales.
A pesar de que muchas minorías han demostrado ya de sobra que sus filas se componen de ciudadanos que respetan los derechos de todos, algunos colectivos también minoritarios (pero que se hacen ver como mayoritarios) se aferran a sus viejas costumbres de señalarlas como los culpables de todos los males sociales. El ejemplo actual más evidente de todos es el de la ultraderecha de la Iglesia católica. Desde su sede en el Vaticano, el catolicismo romano insiste en mantenerse con un pie atrás de la historia. Primero fue la mujer, luego los judíos, luego los bárbaros, los musulmanes, luego los cátaros, los alquimistas, los astrónomos, las brujas, luego los ateos y comunistas. Chivos expiatorios por todas partes, para responsabilizarlos por la decadencia que sólo ellos fomentaban desde el poder de los púlpitos.
Gracias a muchas minorías rebeldes, quienes a pesar de las persecusiones mantuvieron vivo el fuego de sus convicciones, hoy podemos disfrutar de la ciencia y la tecnología que hace posible que tú leas este blog, y de los derechos civiles básicos como ir a votar en unas elecciones o que un periodista escriba su opinión en un artículo de prensa, o incluso que una mujer pueda trabajar fuera del hogar.
La Iglesia católica ha ido quemando sus cartuchos de chivos expiatorios. Pero aun queda uno al cual se aferra con pasión pues quizá sea el último que le quede: el colectivo de gays y lesbianas. Los cristianos protestantes también se han sumado a la persecusión. A falta de argumentos que prueben cómo la homosexualidad hace peores ciudadanos a las personas, los católicos-cristianos fundamentalistas se ven en la necesidad de recurrir a mitos y leyendas —como la historia de Sodoma y Gomorra, o la famosa epístola a los romanos de San Pablo— para así manipular nuestra opinion mediante el miedo. (Todas las religiones funcionan así.) Señalan que la homosexualidad es mala porque la Biblia dice que es mala. Esta proposición falaz y círcular, que sólo encuentra autoridad en sí misma, no termina de explicar POR QUÉ la homosexualidad corrompe a la sociedad. ¿Es la mitología en pleno siglo XXI el mejor argumento que pueden ofrecernos? (Que me perdonen, pero las hemorroides son mejor argumento que eso.)
Ya es harto conocido que en las esferas jerárquicas de la Iglesia católica abunda la homosexualidad de closet (armario), pues el sacerdocio y los seminarios han sido un refugio de homosexuales reprimidos por muchos siglos. Creo que muchos hemos conocido algún cura gay. Aun así la Iglesia persiste en condenar a los homosexuales, aunque en tantas sacristías huela a sudor de macho.
Desde el púlpito la Iglesia ha querido definir la homosexualidad meramente como un acto sexual "contra natura", como si las relaciones humanas entre dos seres pudieran reducirse exclusivamente al sexo. No. La homosexualidad no se trata sólo de un pene y un ano, o dos vulvas frotándose. La parte más importante de la sexualidad, —incluyendo la hetero— es el desarrollo de sentimientos mutuos y compartidos a lo largo del tiempo. ¿Puede ser "contra natura" un sentimiento de amor? Sí, los homosexuales y lesbianas también se aman, y sufren juntos, tienen planes de vida en común. Con sus condenas la Iglesia católica no sólo condena al pene en el ano, sino también al amor entre miles de seres humanos que sólo quieren que se les respete su derecho a vivir en paz.
Los que condenan la unión homosexual bajo el argumento de la "esterilidad"; implican que los heterosexuales que no son capaces de tener hijos tampoco merecen gozar del matrimonio. Pero más allá, también implican que el gran propósito de la vida es hacer el papel de conejos, ("Creced y multiplicaos...") Pues no. Ser padre debería ser siempre una opción, no una obligación.
El siglo pasado la Iglesia católica tuvo la oportunidad de lavar un poco honor. Sin embargo, se limitaron a aceptar —tras unos breves 500 años de reflexión— que Galileo habia estado en lo correcto cuando decía eso de que la Tierra daba vueltas en torno al sol, y que fue un error enviar a la hoguera a miles de personas sólo por el hecho de ser distintos. Aun así, no reconocieron como error la actual inquisición mediática que llevan a cabo día tras día contra los homosexuales. La Iglesia de Roma olvidó cómo se le trataba en Roma en aquellos días de Calígula y Nerón. Desde hace mucho, invertidos los papeles, hace el rol de perseguidora.
Todos formamos parte de alguna minoría; ya sea personalmente o a través de un familiar, amigo o ser querido. Por eso es hora de que TODOS hagamos que se respeten los derechos de todas las minorías, aunque no pertenezcamos a ellas. Démosle la mano a todo aquel que, respetando la paz de todos, lucha por igualdad de derechos. Veamos más allá de las diferencias que nos separan. Sólo así aseguraremos el respeto a todas aquellas generaciones futuras, y finalmente hagamos realidad la frasesita de que "No se discrimina por raza, sexo, edad, religión, nacionalidad o preferencia sexual."
Por eso, cuando llegue el día de esa boda —aunque no conozco a esos tortolitos— recordaré esos siglos de persecusión encarnados en la cara de Ratzinger, todas las décadas de lucha por igualdad de derechos; y gritaré con todas mis fuerzas ¡QUE VIVAN LOS NOVIOS, COÑO!!!
