Si pensabas que la reina era medio feíta, espera a ver lo que hay dentro de su museíto...

Ok, llegaron las vacaciones y tenía que decidir a dónde me iba: Disneylandia o Madrid. Así que sacrifiqué a Mickey por el honor de visitar la capital española, y recorrer sus principales museos, entre ellos el hogar del célebre Guernica de Picasso: el Museo Reina Sofía.

Foto: Las refrescantes vistas desde sus ascensores nos permiten olvidar brevemente su contenido.
Podría dedicar líneas y líneas para comunicar mis impresiones y reflexiones, pero voy a ser práctico e iré al grano: El Reina Sofía es un perfecto contenedor de productos humanos capaces de provocar el más alto grado de aburrimiento y hastío (sin contar el tipico dolor de pies que generan estos interminables centros culturales), sus baños son oscuros, en la tienda los turistas se quejan de que todo es en español, y no se puede entrar comida al jardín.
El público del Reina Sofía se componía mayormente de japoneses y de otros turistas que intentaban contener la risa ante obras tan espectaculares como las de Barnet Newman. (Ver foto.) La gente miraba los cuadros como por uno o dos segundos y seguía adelante. Curiosamente, mientras más malo era un cuadro más tiempo agarraba la atención del espectador. Y el murmureo: "¿Pero y cómo es posible?", "¿Quién deja que entre esto aquí??", "¿Esto es arte??" etc etc. Lo de siempre. Pero, ¿alguna vez alguien ha tenido los pantalones de preguntarle a la reina Sofía si le gusta lo que hay en el Reina Sofía?

Foto: El inigualable Barnet Newman, gran ejemplo de originalidad, talento, y dominio técnico.
Ok, dejémoslo claro. No apelo a la típica cantaleta iconoclasta que odia todo lo moderno. Todos los productos humanos responden a necesidades. En otras palabras: lo que existe existe porque es necesario. Así que es bueno que exista este museo. En primer lugar, porque nos recuerda el ilimitado potencial de absurdo que posee el ser humano; en segundo lugar, la ambigüedad de los criterios de calidad que tiene nuestra sociedad para TODO; y en tercer lugar, nos demuestra lo socialmente irrelevante que se volvió el mundo de las artes plásticas durante la segunda mitad del siglo XX.
Las artes plásticas antes pretendían invadir estéticamente la vida cotidiana de los seres humanos. Hoy dia, el mundillo de las artes plásticas, carente de vida y relevancia (aunque unos pocos siguen haciéndose millonarios), sólo ha podido encontrar su via de oxígeno mediante el turismo, el espectáculo y el entretenimiento. Hace una semana la Tate Gallery en Londres inauguró la instalacion de unos toboganes (chorreras) de aluminio muy chulos, para que el público pueda deslizarse por ellos como si se tratase de una feria. ¿Acaso el fracaso del discurso del arte conceptual marca una futura transforamción de los museos en pequeños disneylandias?

Foto: Ya se discute un cambio de nombre a Tatelandia o Tateworld.
Mientras unos optan por continuar el chiste, viendo ropas alrededor de un emperador desnudo; otros más inteligentes, como la dirección del Museo Thyssen-Bornemisza (también en Madrid), optan por rescatar los grandes maestros del pasado mediante nuevos acercamientos. Ahora están de moda los famosos "duelos"; exposiciones que muestran el trabajo de dos artistas desde un ángulo comparativo. Gaugin/Van Gogh, Matisse/Picasso, Sargent/Sorolla, etc. Los fines de semana el Thyssen está repleto, y en el Reina Sofía sólo se escucha japonés.
El discurso conceptualoide del arte contemporáneo agoniza. La gente, harta de imágenes, no va a los museos a soportar insultos a la inteligencia —para eso ya está el televisor. No van a oir ideas, conceptos, o leer catálogos gordos; para eso está la radio, las bibliotecas, librerías y periódicos. Van a ver arte, no a que le cuenten chismes. Van a ver ARTE, sí productos como aquellos de algunos antiguos que antiguamente nos cautivaban a pesar de su antiguedad tan burguesa y poco chic. Pero la gente no clama por el pasado ni por lo "bello" —como piensan algunos cabezones elitistas—, sino por el retorno de la mano diestra, de la técnica, del oficio, del talento genial que nos deslumbra. Sin embargo, el mundillo del arte sigue dormido, instalando cachivaches en sus salas, y preguntándose luego por qué los museos están vacíos.

Foto: Espectador ante un Sargent. Qué cursilería la de estos pre-modernos.

Foto: Joan Miró en el Reina Sofía. Genio, transgresor, todo un modernazo.
Pero hay esperanza. El renacer de las artes plásticas se encuentra en las manos de unos pocos que han continuado desarrollando la tradición de los grandes; esos que no han sucumbido al camino fácil; los que han seguido sudando en sus talleres a pesar de que les llamen "académicos anticuados". Estos "académicos" anónimos, —los que aun saben manejar el óleo y pátinas sobre el mármol— son los que han mantenido viva la llama de las artes plásticas, y serán reverenciados cuando el mundo del arte contemporáneo de el giro necesario que le devolverá un poco de oxigeno.
Dentro de unos años, cuando los reyes estén ya bajo tierra en un panteón de mármol esculpido en ese estilo clasicista que adora la realeza (y que odian los "modernos"); nos preguntaremos por qué la Reina dio su nombre a semejante museo de excentricidades. Pero ahí, en Atocha, continuará en pie, y nuestros nietos tendrán la oportunidad de acceder a éste por los mismos ascensores transparentes, y de descender quizá por toboganes o bungees desde la azotea. Venderán globos con la cara de la difunta Sofía, hamburguesas Picasso en la cafetería (con pelo de toro vasco), condones post-modernos con colores warholianos etc. Y un niño hastiado, más listo que yo, le dirá a sus padres: "Mejor vámonos a Disneylandia."

Foto: El bungee, una buena estrategia para salvar al Sofía.
beto — 28-03-2007 02:41:38